Entrega 2 Meixueiro
El mar siempre impone; su incansable ir y venir sobre la playa resulta misterioso, pero esa resonancia interminable que se produce cuando rompen las olas y que concluye con una nota tenue, casi imperceptible, con la espuma que baña las pendientes de la arena, es un verdadero hechizo. Hace unos minutos no veía más que un punto naranja en el horizonte del Golfo de México, pero ahora hay un camino deslumbrante en la superficie del mar.
Correr sobre la arena, correr hasta que los músculos de las piernas se endurezcan, correr hasta que la garganta se sofoque, correr hasta que se sienta un escalofrío en la cabeza. Correr, correr sin detenerse.
Quería dejar de pensar, y creí que corriendo en la playa quedarían atrás los fantasmas del pasado, pero esa vocecita interna nunca me deja. Parece incansable… como el mar. Sólo faltaban unos días para terminar el año y me negaba a hacer un recuento de la vida. ¡¡Vaya estupidez!! Siempre nos vemos arrojados al presente y a decidir un camino de inmediato, sin más. No hay tiempo de cavilar, sólo de elegir. ¿Para qué pensar en el pasado? ¡Pues elijo no elegir como el protagonista de Trainspotting!
Finalmente, pensar es una justificación posterior al acto. Siempre rumiamos sobre un hecho ya petrificado. Cuando queremos entender una película completa, sólo alcanzamos a alumbrar, si acaso, uno o dos fotogramas, estáticos e inalterables.
Seguir moviendo los pies, sin cesar, aunque los talones me reclamen, aunque los pulmones se expandan hasta el límite. Correr, correr sin detenerse.
¿Qué quiso insinuarme Angélica[1] al regalarme en Navidad ese pinche libro de Carlos Cuauhtémoc Sánchez? ¿Esa mierda de La última oportunidad? ¿Qué acaso no me conoce?
No sé en que momento se empezó a horadar la relación. Se fue deteriorando como gotas de agua persistentes sobre la roca. Nos habíamos llevado muy bien, compartíamos muchas actividades, en la que el cine gozaba de un lugar privilegiado.
No entiendo qué pasó. Sólo acierto a reconocer que el cine se volvió una adicción inevitable. El sedante que me relajaba. ¿Huía de mi realidad? ¿Fantaseaba con mi existencia?
Correr, correr hasta que la última gota de sudor resbale por la arena. Correr, correr sin detenerse.
Todo alrededor parecía fluir incesantemente con movimientos desbocados: el oleaje, el sol, las nubes, las gaviotas que, hambrientas, dibujaban cabriolas originales seduciendo al océano… Yo mismo, corriendo desesperadamente.
Exhausto ya, con las piernas temblorosas y el corazón a punto de estallar, busqué un lugar donde vendieran agua. Me acerqué a un puesto de periódicos en el que campeaban las últimas noticias:
Maremotos en Asia: 14 mil muertos
Mueren miles por maremoto
Tomé un diario y leí:
…con epicentro en la isla indonesia de Sumatra, desató una serie de maremotos con olas de hasta 12 metros de altura que azotaron a Sri Lanka, Indonesia, India, Tailandia, Malasia, Maldivas y Bangladesh… El momento del terremoto ''ha sido totalmente impredecible''…
"Estas regiones son especialmente peligrosas porque siempre se pueden producir ahí los más violentos terremotos de la tierra, porque en esa zona se enganchan las dos capas terrestres'', expuso.
Si la tensión supera la capacidad de resistencia de este enganche, se produce una rotura. ''Eso hace que el fondo marino se desplome hacia abajo y el continente se eleve en un movimiento brusco'', explicó Kind. Esto tiene como consecuencia una ola gigante, comúnmente conocida como tsunami, que se traslada por todo el océano a la velocidad de un avión de pasajeros.
¿Qué estaba pasando en el mundo? De pronto, el planeta parecía evadir un destino inexorable. Un intenso fluir se manifestaba desde sus entrañas. ¿De qué fantasmas estaba escapando el insensato? ¿Quería dejar de pensar?
Correr sobre la arena, correr hasta que los músculos de las piernas se endurezcan, correr hasta que la garganta se sofoque, correr hasta que se sienta un escalofrío en la cabeza. Correr, correr sin detenerse.
No encontré respuesta a esta ni a muchas interrogantes. Fue ahí, en medio de un torrente acuoso cuando yo mismo me respondí con dolor y desencanto ¿Y qué sentido tiene si a cada pregunta le sigue una cadena de silencios?
Correr, correr hasta que la última gota de sudor resbale por la arena. Correr, correr sin detenerse.
Un enigmático tsunami daba paso a una nueva topografía. Así se evaporaban los últimos días del año.
Así empezó todo.
[1] Angélica era una mujer inteligente, bella y compleja. En la preparatoria solíamos ir mucho al cine y mientras estábamos viendo la película, volteaba y muy quedito me decía, el asesino es este fulano. Siempre intuía el desenlace, tenía una gran capacidad para hacerlo. Recuerdo que en una de las muestras de cine, vimos el filme El libro de cabecera de Greenaway. Al salir, yo había quedado con muchas dudas, Angélica, en cambio, se lanzó con una explicación sumamente extravagante pero muy congruente en el contexto de la cinta. Yo le acoté: No sé si eso fue lo que quiso presentar Greenaway, es más, no creo que lo haya pensado pero tu interpretación resulta convincente.
Correr sobre la arena, correr hasta que los músculos de las piernas se endurezcan, correr hasta que la garganta se sofoque, correr hasta que se sienta un escalofrío en la cabeza. Correr, correr sin detenerse.
Quería dejar de pensar, y creí que corriendo en la playa quedarían atrás los fantasmas del pasado, pero esa vocecita interna nunca me deja. Parece incansable… como el mar. Sólo faltaban unos días para terminar el año y me negaba a hacer un recuento de la vida. ¡¡Vaya estupidez!! Siempre nos vemos arrojados al presente y a decidir un camino de inmediato, sin más. No hay tiempo de cavilar, sólo de elegir. ¿Para qué pensar en el pasado? ¡Pues elijo no elegir como el protagonista de Trainspotting!
Finalmente, pensar es una justificación posterior al acto. Siempre rumiamos sobre un hecho ya petrificado. Cuando queremos entender una película completa, sólo alcanzamos a alumbrar, si acaso, uno o dos fotogramas, estáticos e inalterables.
Seguir moviendo los pies, sin cesar, aunque los talones me reclamen, aunque los pulmones se expandan hasta el límite. Correr, correr sin detenerse.
¿Qué quiso insinuarme Angélica[1] al regalarme en Navidad ese pinche libro de Carlos Cuauhtémoc Sánchez? ¿Esa mierda de La última oportunidad? ¿Qué acaso no me conoce?
No sé en que momento se empezó a horadar la relación. Se fue deteriorando como gotas de agua persistentes sobre la roca. Nos habíamos llevado muy bien, compartíamos muchas actividades, en la que el cine gozaba de un lugar privilegiado.
No entiendo qué pasó. Sólo acierto a reconocer que el cine se volvió una adicción inevitable. El sedante que me relajaba. ¿Huía de mi realidad? ¿Fantaseaba con mi existencia?
Correr, correr hasta que la última gota de sudor resbale por la arena. Correr, correr sin detenerse.
Todo alrededor parecía fluir incesantemente con movimientos desbocados: el oleaje, el sol, las nubes, las gaviotas que, hambrientas, dibujaban cabriolas originales seduciendo al océano… Yo mismo, corriendo desesperadamente.
Exhausto ya, con las piernas temblorosas y el corazón a punto de estallar, busqué un lugar donde vendieran agua. Me acerqué a un puesto de periódicos en el que campeaban las últimas noticias:
Maremotos en Asia: 14 mil muertos
Mueren miles por maremoto
Tomé un diario y leí:
…con epicentro en la isla indonesia de Sumatra, desató una serie de maremotos con olas de hasta 12 metros de altura que azotaron a Sri Lanka, Indonesia, India, Tailandia, Malasia, Maldivas y Bangladesh… El momento del terremoto ''ha sido totalmente impredecible''…
"Estas regiones son especialmente peligrosas porque siempre se pueden producir ahí los más violentos terremotos de la tierra, porque en esa zona se enganchan las dos capas terrestres'', expuso.
Si la tensión supera la capacidad de resistencia de este enganche, se produce una rotura. ''Eso hace que el fondo marino se desplome hacia abajo y el continente se eleve en un movimiento brusco'', explicó Kind. Esto tiene como consecuencia una ola gigante, comúnmente conocida como tsunami, que se traslada por todo el océano a la velocidad de un avión de pasajeros.
¿Qué estaba pasando en el mundo? De pronto, el planeta parecía evadir un destino inexorable. Un intenso fluir se manifestaba desde sus entrañas. ¿De qué fantasmas estaba escapando el insensato? ¿Quería dejar de pensar?
Correr sobre la arena, correr hasta que los músculos de las piernas se endurezcan, correr hasta que la garganta se sofoque, correr hasta que se sienta un escalofrío en la cabeza. Correr, correr sin detenerse.
No encontré respuesta a esta ni a muchas interrogantes. Fue ahí, en medio de un torrente acuoso cuando yo mismo me respondí con dolor y desencanto ¿Y qué sentido tiene si a cada pregunta le sigue una cadena de silencios?
Correr, correr hasta que la última gota de sudor resbale por la arena. Correr, correr sin detenerse.
Un enigmático tsunami daba paso a una nueva topografía. Así se evaporaban los últimos días del año.
Así empezó todo.
[1] Angélica era una mujer inteligente, bella y compleja. En la preparatoria solíamos ir mucho al cine y mientras estábamos viendo la película, volteaba y muy quedito me decía, el asesino es este fulano. Siempre intuía el desenlace, tenía una gran capacidad para hacerlo. Recuerdo que en una de las muestras de cine, vimos el filme El libro de cabecera de Greenaway. Al salir, yo había quedado con muchas dudas, Angélica, en cambio, se lanzó con una explicación sumamente extravagante pero muy congruente en el contexto de la cinta. Yo le acoté: No sé si eso fue lo que quiso presentar Greenaway, es más, no creo que lo haya pensado pero tu interpretación resulta convincente.
