Thursday, January 20, 2005

Entrega 2 Meixueiro

El mar siempre impone; su incansable ir y venir sobre la playa resulta misterioso, pero esa resonancia interminable que se produce cuando rompen las olas y que concluye con una nota tenue, casi imperceptible, con la espuma que baña las pendientes de la arena, es un verdadero hechizo. Hace unos minutos no veía más que un punto naranja en el horizonte del Golfo de México, pero ahora hay un camino deslumbrante en la superficie del mar.

Correr sobre la arena, correr hasta que los músculos de las piernas se endurezcan, correr hasta que la garganta se sofoque, correr hasta que se sienta un escalofrío en la cabeza. Correr, correr sin detenerse.

Quería dejar de pensar, y creí que corriendo en la playa quedarían atrás los fantasmas del pasado, pero esa vocecita interna nunca me deja. Parece incansable… como el mar. Sólo faltaban unos días para terminar el año y me negaba a hacer un recuento de la vida. ¡¡Vaya estupidez!! Siempre nos vemos arrojados al presente y a decidir un camino de inmediato, sin más. No hay tiempo de cavilar, sólo de elegir. ¿Para qué pensar en el pasado? ¡Pues elijo no elegir como el protagonista de Trainspotting!
Finalmente, pensar es una justificación posterior al acto. Siempre rumiamos sobre un hecho ya petrificado. Cuando queremos entender una película completa, sólo alcanzamos a alumbrar, si acaso, uno o dos fotogramas, estáticos e inalterables.

Seguir moviendo los pies, sin cesar, aunque los talones me reclamen, aunque los pulmones se expandan hasta el límite. Correr, correr sin detenerse.

¿Qué quiso insinuarme Angélica[1] al regalarme en Navidad ese pinche libro de Carlos Cuauhtémoc Sánchez? ¿Esa mierda de La última oportunidad? ¿Qué acaso no me conoce?
No sé en que momento se empezó a horadar la relación. Se fue deteriorando como gotas de agua persistentes sobre la roca. Nos habíamos llevado muy bien, compartíamos muchas actividades, en la que el cine gozaba de un lugar privilegiado.
No entiendo qué pasó. Sólo acierto a reconocer que el cine se volvió una adicción inevitable. El sedante que me relajaba. ¿Huía de mi realidad? ¿Fantaseaba con mi existencia?

Correr, correr hasta que la última gota de sudor resbale por la arena. Correr, correr sin detenerse.
Todo alrededor parecía fluir incesantemente con movimientos desbocados: el oleaje, el sol, las nubes, las gaviotas que, hambrientas, dibujaban cabriolas originales seduciendo al océano… Yo mismo, corriendo desesperadamente.
Exhausto ya, con las piernas temblorosas y el corazón a punto de estallar, busqué un lugar donde vendieran agua. Me acerqué a un puesto de periódicos en el que campeaban las últimas noticias:

Maremotos en Asia: 14 mil muertos

Mueren miles por maremoto

Tomé un diario y leí:

…con epicentro en la isla indonesia de Sumatra, desató una serie de maremotos con olas de hasta 12 metros de altura que azotaron a Sri Lanka, Indonesia, India, Tailandia, Malasia, Maldivas y Bangladesh… El momento del terremoto ''ha sido totalmente impredecible''…
"Estas regiones son especialmente peligrosas porque siempre se pueden producir ahí los más violentos terremotos de la tierra, porque en esa zona se enganchan las dos capas terrestres'', expuso.
Si la tensión supera la capacidad de resistencia de este enganche, se produce una rotura. ''Eso hace que el fondo marino se desplome hacia abajo y el continente se eleve en un movimiento brusco'', explicó Kind. Esto tiene como consecuencia una ola gigante, comúnmente conocida como tsunami, que se traslada por todo el océano a la velocidad de un avión de pasajeros.

¿Qué estaba pasando en el mundo? De pronto, el planeta parecía evadir un destino inexorable. Un intenso fluir se manifestaba desde sus entrañas. ¿De qué fantasmas estaba escapando el insensato? ¿Quería dejar de pensar?

Correr sobre la arena, correr hasta que los músculos de las piernas se endurezcan, correr hasta que la garganta se sofoque, correr hasta que se sienta un escalofrío en la cabeza. Correr, correr sin detenerse.

No encontré respuesta a esta ni a muchas interrogantes. Fue ahí, en medio de un torrente acuoso cuando yo mismo me respondí con dolor y desencanto ¿Y qué sentido tiene si a cada pregunta le sigue una cadena de silencios?

Correr, correr hasta que la última gota de sudor resbale por la arena. Correr, correr sin detenerse.
Un enigmático tsunami daba paso a una nueva topografía. Así se evaporaban los últimos días del año.
Así empezó todo.

[1] Angélica era una mujer inteligente, bella y compleja. En la preparatoria solíamos ir mucho al cine y mientras estábamos viendo la película, volteaba y muy quedito me decía, el asesino es este fulano. Siempre intuía el desenlace, tenía una gran capacidad para hacerlo. Recuerdo que en una de las muestras de cine, vimos el filme El libro de cabecera de Greenaway. Al salir, yo había quedado con muchas dudas, Angélica, en cambio, se lanzó con una explicación sumamente extravagante pero muy congruente en el contexto de la cinta. Yo le acoté: No sé si eso fue lo que quiso presentar Greenaway, es más, no creo que lo haya pensado pero tu interpretación resulta convincente.

Entrega 1 Hidalgo

Nadie, ni el universo entero puede luchar contra el deseo; contra las ganas de ser, de estar o tener. Y yo, que soy liviano y frágil como esas bolsas de plástico que misteriosamente aparecen cada mañana a la orilla de la playa, sé muy bien que desde hace unas horas dejé de ser un tronco flotando a la deriva.

Me bastó descuidarme unos segundos para darme cuenta que no soy yo quien controla mis deseos, mis acciones, mi… No sé por qué, pero nunca me había visto con tal detenimiento el movimiento de mis manos, la manera como el viento agita cada uno de los vellos de mis brazos, el sonido que generan mis muñecas cuando se doblan y dejan caer una pizca de arena que terminará su recorrido por los aires, en alguna acera, o en el cristal empañado que alberga a una pareja que se besa mientras esperan que en el Automac les entreguen su pedido. Nunca había visto con tanta claridad que al abrir de más mis dedos se forman pequeñas aletas que de ser un poco más flexibles, me permitirían cruzar cualquier mar que la vida me pusiera enfrente.
Esa mañana, me quedó claro que la velocidad del mundo es superior al tiempo en que tardamos en comprender lo que nos pasa. Yo veía mi mano y la sombra que formaba sobre mis pies que no se cansaban de jugar desnudos a desaparecer entre la arena. Que tibio suele pegar el viento cuando te anuncia que al próximo suspiro no volverás a ser el mismo.
Un picante olor a sal me hizo recordar cómo una mañana antes todavía me despedía de mis hijos y los encaminaba hacia el colegio. La humedad de sus cabellos y unas migajas en el suéter de Isaac, el más pequeño, no podían faltar[1].

Yo, como ya se había vuelto costumbre me despedí de ellos en el desayuno; hice una última lista de encargos y les prometí playeras, muñecos de peluche y el último perfume de Burbuerry para Gabriela[2].

Siempre pedían lo mismo; pero como siempre, debía cumplir con el ritual de anotarlo en mi agenda para no olvidarlo.

Volveré pronto. La próxima semana les traeré eso y alguna que otra sorpresa –comenté antes de cerrar mi maleta para dirigirme al aeropuerto. Quizá por la diferencia de horario, tenga tiempo para buscarte ese perfume que me pides que te consiga; no sé dónde lo vas a colocar en tu vestidor; pero si lo encuentro, te lo traigo. Di el último beso y tomé el taxi a uno más de los destinos que tenía programado antes de cerrar el año fiscal. Con este ya iban once salidas internacionales en menos de siete meses: primero Los Ángeles, después siguió San José y así llegó Brasilia, Santiago, Buenos Aires, Madrid, Portugal, Marsella, hasta que nos llegaron ofertas de Asia y medio Oriente. Sinceramente nunca pensé que llegarían de tan lejos las solicitudes y los deseos de hacer negocios. Pero aquí estoy, a menos de 5 horas de cerrar un trato comercial con un corporativo tailandés interesado en el comercio de sistemas de riego por goteo.

La verdad no pude resistir esa mañana dar un rápido paseo por la playa antes de encaminarme a la zona comercial y hacer las primeras compras y cumplir con los encargos familiares.
Sinceramente creo que me lo merecía: una exfoliación natural de la planta de los pies con área fina de una playa del Pacífico.

Siempre me sorprendió que un cúmulo de cristales minerales producto de la desintegración de rocas sedimentarias, clastos y matrices pudieran eliminar de mi organismo todas aquellas células que alguna vez dieron cohesión y sentido a una parte de mi cuerpo. Incluso me cuesta trabajo pensar que alguna parte de mí esté muriendo cada segundo y otra, más afortunada, ocupe su lugar sólo para mantenerme con vida unos instantes más mientras algún otro acontecimiento no decida lo contrario.

Ahora que lo pienso, eso fue lo que más me llamó la atención, cuando me despojé de aquellos zapatos Gucci que me regaló Gabriela en nuestro aniversario y que prometí llevar conmigo en todo viaje para tenerla presente en cada paso dado. Si algo me hizo percatarme que esa mañana el mundo se desplazaba en una forma diferente, fue el tiempo que le llevaba al viento formar esos montículos y esas pequeñas dunas entre la uña y la cutícula de mi pie derecho.

Todo parecía estar impregnado de una calma casi metafísica como si el mundo entero estuviera a punto de girar en sentido inverso. Bastaba ver la expresión de los rostros que pasaban frente a mí, eran inexpresivos y claramente podías ver el deterioro en cada centímetro de su piel. Las arrugas eran como grandes surcos abiertos en el peor tiempo de cosechas. Sus ojos dejaban una suave estela en aire como estrellas que se desploman en primavera. Yo mismo me sentía aletargado. Un extraño vaho nublaba mi vista y mis mismas acciones respondían con retardo a los impulsos naturales.

Mecánicamente el tiempo era el mismo, un segundo no dejaba de ser un segundo y la velocidad de caída de un cabello no tenía por qué variar. Pero era evidente, una vez más la naturaleza nos mostró que sus leyes no corresponden a las nuestras. Yo podría haber terminado creyendo que pasé mis mejores vacaciones, cuando en realidad no habían transcurrido más de diez minutos, quince personas y un par de gaviotas picando conchas buscando caracoles.

Todo dejó de ser concreto en ese momento: la brisa salada, la sensación húmeda en las terminaciones nerviosas, el aroma sulfúrico del plástico quemado y esos hoteles que se levantaban populosos a mi espalda.

Hay veces que uno sólo puede esperar lo peor; pero sinceramente no creí que eso ocurriría esa mañana en Bangkok. Con la misma calma con que todo se desplazaba a mi alrededor me dirigí al cuarto del hotel para darme una rápida ducha y salir con dirección a mi cita. De pronto, mientras el agua caliente caía sobre mi espalda, pensé de dónde vino y a dónde fue a parar toda el agua del diluvio universal. Si no mal recuerdo ya alguna vez había visto un reportaje donde intentaban explicar científicamente qué es lo que hubiera pasado si en realidad se hubieran dado esos cuarenta días y cuarenta noches de cataratas celestes. En el documental explicaban que en el pasaje del Génesis 2: 5-6 en el que se dice: que en el comienzo no había lluvia sino que subía de la tierra un vapor, el cual regaba toda la faz de la tierra, debía ser interpretado considerando que la palabra hebrea debía ser entendida como geysers o manantiales, mismos que bien podrían ser cualquiera de los cuatro ríos que fluían en el Edén. Según ellos, antes del diluvio no había llovido y nadie creyó a Noé cuando profetizó que llovería. Todo mundo se burló de sus advertencias; sin embargo, una gran bóveda de vapor de agua se desplomó sobre la tierra. En la entrevista que había dado el Dr. Joseph Dillow, exponía sus cálculos de cuánto vapor de agua sería físicamente posible que estuviera suspendido sobre la atmósfera; él habló de casi 12 metros de agua líquida.

Estaba pensando en ello cuando pasó por mi mente la duda ¿y estás serán las mismas aguas?
No encontré respuesta a esta ni a muchas interrogantes. Fue ahí, en medio de un torrente acuoso cuando yo mismo me respondí con dolor y desencanto ¿Y qué sentido tiene si a cada pregunta le sigue una cadena de silencios?

Ahí, en medio del agua, supe que mi mundo estaba por terminar y que poco a poco, entre toda esa agua se terminarían escapando todas estas historias, para dar paso a una nueva topografía, cuyas cuencas serían tan áridas como las nubes que traza el azar sobre la vida de cada hombre.
Así se hizo el silencio, la calma absoluta, como si el mundo entero hubiera frenado su paso y sólo a lo lejos se pudieran percibir algunas aves que quedaron suspendidas en su vuelo, el sonido que provoca un grillo al frotar sus patas y el eco de la luz de una luciérnaga en una cueva oculta en una locación boscosa en Madagascar. Todo se detuvo, el tiempo, el aire, mi respiración.

La historia entera se detiene. Jorge parado en el centro de la bañera. Las gotas que estaban por caer sobre su espalda, una ola de jabón que estaba por filtrarse en la coladera. Todo se mantiene quieto. Porque esta historia necesita regresarse para colocarse donde debería iniciar.
Así empezó todo.


[1] Isaac siempre había sido así, el más inquieto, el más desparpajado, el más… Como si la forma en que el mundo lo miraba no le importara. Él era así: yo y mi mundo. La camisa mal fajada, las agujetas sin amarrar, el suéter sucio de los puños, los cabellos alborotados, pero siempre con una frase inteligente entre los labios. Siempre intenté ser un padre justo y ecuánime, pero tengo que confesar, que mi corazón guardaba cierta predilección por la manera como se relacionaba con el mundo. Recuerdo perfectamente cómo desde pequeño Gaby y yo solíamos insistir en que Isaac sería Papa cuando llegara a ser adulto. Quizá la afirmación les suene absurda; pero para nosotros era muy divertido ver cómo al terminar de comer siempre colocaba el plato sopero sobre su cabeza como si fuera un birrete cardenalicio. “Míralo –decía Gaby- si fuera un poco más cónico el plato podría se una tiara”. Así era Isaac, inocente como Adán; como ese primer hombre que pobló la Tierra y dedicó sus primeros días a nombrar el mundo mientras apuntaba a los objetos con el dedo índice de su mano derecha. Así fue Isaac desde pequeño; sus primeras palabras no fueron ni papá, ni mamá. Me acuerdo bien, fue en nuestro viaje a Vail; en esa ocasión habíamos pasado unas vacaciones increíbles en el Two RockResort. Nuestra habitación tenía una vista preciosa; todo era blanco. Cada centímetro cúbico que mi vista podía registrar era nieve. Ese día descubrí, desde el corazón de una habitación de 150 dólares la noche por persona, que los cristales de nieve son figuras hexagonales y sus posibilidades son infinitas. Jamás hubiera imaginado que cada figura fuera diferente aún cuando su simetría es siempre la misma. Me sorprendió tanto el hecho que esa misma tarde fui al mall más cercano y compré un libro escrito por el naturalista Wilson Bentley; un granjero de Vermont que dedicó cuarenta años de su vida a estudiar la manera como se aglomeraban los cristales para formar copos de nieve. El libro era fantástico, más de 5000 fotomicrografías extraordinarias. Esa tarde, mientras contemplaba impresionado la belleza de esas frágiles formaciones, Isaac sobre mis piernas emitió su primera secuencia gramática: agua, frío, estrella, Dios. Sinceramente, me quedé helado. Sabía que la respuesta a lo ocurrido, sólo la podía encontrar en lo más profundo del corazón humano. Pues así, como las dendritas de los cristales de hielo, el corazón del universo es uno y está plagado de múltiples y complejas ramificaciones; extensiones que difícilmente uno llega a comprender porque responden a un extraño patrón aritmético llamado destino.

[2] Gaby era sensacional, desde que entró a trabajar como editora de modas de Vogue, no dejaba de hacerme encargos relacionados con su imagen. Antes cuando trabajaba como coordinadora editorial de la revista Casa y estilo internacional, todas nuestras conversaciones versaban en mobiliario, diseño de espacios, iluminación, estilos de vida, tendencias en accesorios y blancos. Siempre le ha gustado involucrarse a fondo con su actividad profesional, pero en ocasiones, raya en la obsesión. Sólo a ella podía hablar con tal pasión y durante tanto tiempo si “el color rosa y el gloss serían o no los elementos imprescindibles para lucir unos labios a la moda”. Había ocasiones fabulosas en que era tan divertido escucharla como leer un texto de Auster o Ford. Recuerdo bien aquél sábado que despertó de golpe y su primera palabra fue “bandolera”. Después de ello, todo fue silencio, un par de ambulancias cruzando a lo lejos y los silbidos de mi vecino que demostró ser un ferviente seguidor de Simple minds. “¿De qué hablas Gaby?” – Recuerdo que le pregunté, y ella sin dejar de ver la manera como se desliza el sol por el pliegue de las cortinas respondió: “Sí, las minibags. Algo me dice que serán la tendencia para este verano. Son bolsos pequeños, de asa corta, las telas y los abalorios son llamativos. Loewe, Fendi, Bally, Calvin Klein las están confeccionando en tonos brillantes, en piel de pitón y en terciopelo…” Y de pronto guardó silencio, se colocó una bata y llamó a la diseñadora. Pidió que frenara la diagramación del artículo central y que hiciera algunas llamadas a la ejecutiva de Moschino y Armany para que les permitieran hacer una sesión fotográfica el lunes a primera hora. Colgó agitada como si hubiera tenido una larga sesión de spinning y se sentó en el borde de la cama. Se me quedó viendo por un instante, acarició mis pies por encima del cobertor, emitió una ligera sonrisa y se recostó sobre mis piernas. Qué puedes decir después de una escena así. Por eso ahora que se decidió por conformar una colección de perfumes no me parecía extraño que su léxico girara en torno a esencias, aromas, fragancias y contrastes. Todavía no me ha contado a profundidad por qué de unas semanas para acá le interesa tanto Burberry, lo que sí sé es que entre los productos que tiene están el vaporizador de 100 ml de Eau de toilette, el estuche London Woman, el kit Brit Woman, el eau de parfum Brit red, el estuche Weekend women, el de la serie Touch, el desodorante Natural Spray Touch for women y el Tender Touch en su edición de 100 ml. Sé muy bien que Gaby, siempre ha sido así; y si algo he aprendido en esta vida es que no podemos cambiar a las personas. Algo en la naturaleza humana lleva un código escrito en el que está claramente delimitado el marco de acción en el que habrás de movilizarte. El cómo te relacionas con tu mundo es parte de una respuesta natural refleja. Ir en contra, es atentar contra uno mismo.